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14.2.09

de cavallers, princeses i armadures(*)

No li va ser gens fàcil deixar de lluitar, però quedar-se sola en el camp de batalla la va forçar a adonar-se de l'absurd de la situació... Ell, el seu únic aliat, havia decidit feia dies, setmanes, potser mesos, cavalcar cap a un altre regnat, potser per conquerir a una altra princesa més forta...

Així que ella, quan se'n va adonar, va llençar l'espasa al terra i, sense desprendre's de l'armadura, va tornar a refugiar-se en el seu palau de vidre, per curar-se de les ferides i recuperar forces. Des de la finestra del seva estança veia tota la ciutat, aliena a la seva derrota. I va estar un bon temps observant-la, des del torreó, sense ser capaç de sortit a fora i mesclar-se entre la gent...

Molts prínceps d'altres regnats, a l'assabentar-se de la noticia, la van venir a cercar a palau: un li enviava cartes d'amor a diari; un altre l'esperava a la porta del palau amb un immens ram de roses vermelles; l'altre li oferia un regnat tot per ella... però la princesa d'aquest conte no en va voler saber res de cap d'ells ni de tots els altres que van venir a omplir-le de presents i a regalar-li les orelles amb paraules d'amor.

Però un dia, estant a palau, un home va picar a la porta. No duia cap present per oferir-li. No duia ni armadura ni escut. Qui era aquest que no es protegia? Qui era aquest que ara se la mirava amb un immens somriure? Que no pensava declarar-se? que no pensava prometre-li res?

A ella, que estava acostumada a envoltar-se de cavallers amb cuirassa de ferro, li va fer gràcia veure'l tant desprotegit, en mànigues de camisa, i el va fer passar. Van estar xerrant tota la nit i, a trenc d'alba, a ella li va començar a molestar l'elm, així que se'l va treure i es va quedar amb l'armadura posada però el cap descobert. La brisa li acariciava la cara i això la va fer somriure; a ell li va agradar veure com els rínxols d'ella ballaven al ritme del vent sobre els seus pits. El li va demanar que es treiés la resta de l'armadura, que estaria més còmode, però ella, espantada, li va demanar que marxés, que ja havia fet massa descobrint-se el rostre.

Quan el misteriós cavaller va marxar de palau, la princesa va començar a sentir que, efectivament, l'armadura li molestava. Tenia ganes de ballar, de saltar, de riure, però amb tanta ferralla li costava molt. I va ser aleshores quan es va adonar que, després de tant de temps, la seva cuirassa s'havia rovellat i que tindria feia per treure-se'la... Ho aconseguira abans de la propera cita amb el misteriós cavaller?

(*) Per tots aquells a qui se'ls hi ha rovellat l'armadura, El cavaller de l'armadura rovellada, de Robert Fisher https://www.abali.net/index.php?page=shop.product_details&category_id=29&flypage=shop.flypage&product_id=162&option=com_virtuemart&Itemid=10&vmcchk=1&Itemid=10

24.12.07

el corsé

No recuerda cuando ni quién le puso ese corsé que tenía que moldear su cuerpecito de princesa. Su opresión era muy sutil, casi imperceptible, pero con el paso de los años dejó que su abdomen se desarrollara a gusto del artilugio.


Hoy se ha despertado contenta, sintiéndose muy libre y muy tranquila.
A los pies de su cama yacía el corsé ya enegrecido.

Se ha frotado los ojos, se ha desperezado y, de un salto, ha abandonando el calor del edredón. En ese momento un escalofrío ha recorrido su barriga.

Al ver la rosa roja en la mesa del desayuno se le ha escapado una sonrisa.
Ya no necesitaba el corsé para ser la mejor de las princesas.

22.8.07

Una piedra en el camino


Ella quería llegar a las luces de colores, los fuegos artificiales y escuchar de cerca la melodía alegre que oía a lo lejos, muy lejos. Y fue por ello que empezó a caminar en esa dirección.

Al principio el camino era precioso, tranquilo, llano y fácil. Tanto, que de vez en cuando se permitía pararse a observar. E incluso en algunos momentos lo abandonaba para adentrarse en el bosque frondoso que lo rodeaba y disfrutar de sus frutos. Veía su meta cerca y tampoco tenía una prisa excesiva por llegar.

Pero un buen día, en el camino comenzaron a aparecer las piedras. Sí, desde hacía algunos años y sin saber muy bien por qué, en medio de su camino, tarde o temprano, siempre encontraba una piedra. Recordaba que al principio las piedras eran diminutas y no suponían gran molestia. Como mucho, de vez en cuando alguna se metía en su zapato y le fastidiaba un poco el trayecto, pero cuando por fin tomaba conciencia de que si paraba un momento y se quitaba la piedra andaría más cómoda, el camino volvía a ser sencillo.

Aún así, ella ya empezaba a estar un poco harta de tanta piedrecilla y de tener que ir parando cada dos por tres para quitárselas. Y por ello empezó a reducir las paradas y a apresurarse para llegar a las luces, los fuegos y la música. Sólo se paraba cuando hacía demasiado rato que llevaba una piedra en el zapato y ya no podía casi andar.
Y a medida que avanzaba en el camino las piedrecillas que se encontraba cada vez eran más grandes, hasta que llego el día en que las piedras se convirtieron en rocas enormes, pesadas y robustas. Unas rocas que no dejaba pasar, ni siquiera ver el resto del sendero. Era imposible esquivarlas y para apartarlas se necesitaba mucha fuerza y mucho empeño.
Pero a ella de eso nunca le había faltado. No le importaba arañarse, rasgarse las manos o romperse algún hueso. Le costara más o menos siempre conseguía apartar la roca del camino y ver qué había al otro lado. La imagen nunca la defraudaba. El sendero seguía igual de precioso y al final se seguían vislumbrando las luces de colores, los fuegos artificiales y la alegre melodía.

Pero al poco de reanudar su camino hacía esa luz, esos fuegos y esa música que la tenían maravillada, como de la nada, aparecía una nueva roca, parecidísima a la anterior. A ella todavía no le había dado tiempo de recuperarse, los esfuerzos por mover la anterior piedra la había dejado extenuada, pero sus ansias de llegar al final del camino lo antes posible no le habían permitido pararse a descansar para reponer fuerzas y curar sus heridas que todavía estaban en carne viva...

De esta manera, la nueva roca le parecía mucho más grande y pesada que la anterior, un reto imposible de afrontar. Pero su terquedad y sus ansias de llegar al final le hacían tomar fuerzas de donde fuera para apartar esa nueva piedra y seguir andando.

Así iban pasando los meses, los años. Y el camino seguía. Y las rocas seguían apareciendo, y ella, cada vez con más dificultades, las seguía apartando. Y a lo lejos, siempre, tras apartar la roca, se veían los fuegos, las luces. Y la música, esa música que aunque parecía que la distancia hacía ella se iba acortando, siempre sonaba con la misma intensidad: flojita, lejana.

Un día, como no, al girar una curva una nueva roca apareció en el camino. Pero ella ahora se encontraba mayor, cansada y el hecho de no haber parado nunca a descansar la estaba dejado sin fuerzas. Además, por no haber sanado bien sus heridas tenía dolores que se habían convertido en crónicos…

Aún así, se armó de valor una vez más y comenzó a empujar y a empujar para apartar el obstáculo de su camino. Pero por más fuerza que hiciera, esta vez no conseguía moverla ni un milímetro. Estaba agotada. Entonces pensó que quizás había llegado el momento de descansar y sanar sus heridas tranquilamente. Tampoco le quedaban muchas más opciones.
Se recostó sobre la propia piedra y se quedó dormida.

El fuerte golpe que dio su cabeza contra el suelo la despertó, no sabía cuánto tiempo había pasado, pero la roca había desparecido (probablemente por eso se cayó al suelo) y en su lugar había una piedrecilla ridícula. Miro al horizonte y lo vio más cerca que nunca, estaba a un paso. Las luces eran intensas, se podían oír las explosiones de los fuegos artificiales y ahora la música alegre y pegadiza se escuchaba con intensidad y nítidamente.

Había llegado. Y le dio la sensación que en realidad siempre había estado allí.